Semblanza de Eugenio de Jesús Marcano Fondeur

Carlos Suriel
Encargado del Departamento de Ciencias del Museo Nacional de Historia Natural de Santo Domingo.
A propósito de la reapertura del Museo el día 17 de abril del año 2007

Señor Vicepresidente de la República Dr. Rafael Alburquerque

Señora Secretaria de Estado de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, Maestra Ligia Amada Melo

Señor Secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Dr. Max Puig

Señor Secretario de Cultura, Lic. Rafael Lantigua

Señora Directora del Museo Nacional de Historia Natural, Licda. Celeste Mir Mesejo

Distinguidos representantes de las instituciones presentes

Damas y caballeros:

Hablar de Eugenio de Jesús Marcano Fondeur en audiencias como la que ustedes integran, esta noche tan significativa, más que un acto novedoso supuesto a enseñar y edificar, es una confirmación del reconocimiento y respeto a la memoria de un dominicano notable que vivió teniendo como norte no más que servir, con toda su vocación, su talento y su corazón sensible. Su vida, no solamente su obra en diferentes campos de la ciencia, constituye hoy un ejemplo elevado y desafiante. “Ser como Marcano”, con las diferencias propias de la individualidad y los tiempos, bien pudiera constituirse en un lema de vida para los buenos dominicanos de las actuales y futuras generaciones.

Marcano nace un día 27 de septiembre del año 1923 en Licey Al Medio, Tamboril, provincia Santiago. Nació en tiempos difíciles para la República Dominicana, cuando todavía estaban presentes los soldados de la primera invasión norteamericana; luego, fueron los días turbulentos del Conchoprimismo, luchas violentas entre los diferentes caudillos. Sin embargo, la vorágine socio-política no pudo más que el encanto de aquellos campos cibaeños, de sus ríos y sus cañadas, de sus bosques y su fauna, de sus barrancas llenas de fòsiles… en fin, de toda una naturaleza viva y hechizante que brindó la oportunidad al niño campesino de acercarse a lo que sería la pasión y el compromiso de toda su vida: la biodiversidad dominicana.

Marcano ha sido, sin dudas, uno de nuestros más destacados naturalistas, de él se ha dicho que fue “el último de los grandes naturalistas”. Cultivó la Botánica, la Geología, la Zoología y la Paleontología por más de 50 años, y lo hizo con la pasión del que ama lo que hace y con la disciplina científica que demanda una empresa de la magnitud que asumió, de cuyo legado disponemos hoy.

Entre sus aportes cuentan el haber descubierto más de 300 especies desconocidas para la ciencia y reportado otras 200 de cuya existencia en la isla no se conocía. Muchas de estas especies llevan su nombre como adjetivo, una larga cadena de reconocimientos concedidos por científicos de diferentes lugares. La extensa lista de especies con su nombre comenzó con el Solenodon marcanoi, descrito por Bryant Patterson, de la Universidad de Harvard, a partir de huesos fosilizados que encontró Marcano en compañía de Clayton Ray del Smithsonian Institution. Este hallazgo fue uno de tantos realizados como resultado de una amplia exploración de las cuevas dominicanas hecha por ambos investigadores. Pero no solamente especies llevan su nombre, sino también géneros, como el Marcanoa, género de musgo nuevo para la ciencia colectado por Marcano.

Este connotado naturalista nos dejó una amplia colección de insectos con más de 22,000 números catalogados (probablemen te más de 40,000 especímenes) y otra colección de plantas con unos 10,000 especímenes, estando ambas al cuidado del Ins tituto de Botánica y Zoología Rafael M. Moscoso de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Como Director General y Científico de este Museo Nacional de Historia Natural de Santo Domingo, tuvo el mérito de integrar un magnífico equipo de jóvenes científicos, artistas y estudiantes que hicieron historia: iniciaron y enriquecieron las colecciones de referencia de vertebrados e invertebrados, desarrollaron la investigación científica, la educación y divulgación, y desplegaron su talento artístico para dejarnos unas exhibiciones museográficas con tal belleza y valor didáctico que aún hoy se conservan y admiran.

La Hoja de Vida de Eugenio de Jesús Marcano comprende una extensa lista de reconocimientos y homenajes más que merecidos: universidades, ayuntamientos, escuelas, colegios, asociaciones, clubes y el Gobierno Central reconocieron sus aportes y talento en más de una ocasión. Algunos de estos reconocimientos son los títulos de Doctor Honoris Causa y Profesor Honorífico otorgados por varias universidades del país, el premio anual 1983 de la Academia de Ciencias de la República Dominicana, su declaración como Hijo Meritísimo de la ciudad de Santo Domingo (en 1996) y el honor de la Orden de Duarte en el grado de Caballero por la presidencia de la República.

Sus conocimientos estaban basados fundamentalmente en sus propias observaciones, y a quienes tuvimos el privilegio de ser sus alumnos aún nos parece escuchar aquella sentencia que tanto nos repetía: “La mejor manera de aprender es viendo las cosas después de leerlas en los libros”.

Sus clases de Botánica las impartía con sus Notas de Botánica General y Sistemática, apuntes sencillos y diáfanos cuyas líneas aún resultan de agradabilísima lectura al poseer el encanto de lo que se escribe con el conocimiento seguro y vivencial.

El acercamiento inicial hasta Marcano de los jóvenes estudiantes que tomaban sus cursos de Botánica estaba lleno de expectativas. Todos hablaban del sabio profesor, y no haberlo conocido ni haber escuchado sus clases se convertía de pronto en un defecto notable. Llegaba el momento esperado y Marcano, con pasos lentos, entraba al aula cargando su maletín con una mano y ocupando la otra con alguna herbácea o con unas flores o con algunas hojas. Pero no hablaba de estas muestras botánicas de inmediato, siempre comenzaba conversando con los estudiantes, impregnaba el aula con su entusiasmo y con aquel sentido del humor tan especial que siempre le acompañaba, adueñándose de la atención de todos. Preguntaba acerca de la procedencia de algunos de los alumnos y, sin importar de qué recóndito punto de nuestra geografía éstos vinieran, comenzaba a describir con pelos y señales la vegetación del lugar en cuestión, sus ríos y cañadas, sus caminos… y hasta los nombres de los ancianos de aquel sitio, demostraba que conocía pulgada a pulgada el territorio dominicano.

Finalmente, formulaba algunas preguntas sobre la muestra que sostenía con alguna de sus manos, preguntas muy simples que parecían de respuestas fáciles. Desplegaba la sonrisa maliciosa del buen profesor mientras paseaba por toda el aula y esperaba los yerros comunes en el desconocedor: confundir las lígulas con hojas normales, las brácteas con la flor o los acúleos con las espinas. Entonces comenzaba su clase, corta y sencilla, pero muy agradable y llena de enseñanzas. De él dijo Felix Servio Ducoudray,

el cronista de sus viajes de campo por más de 10 años: “…es maestro nato y auténtico, de esos cada vez más escasos, que no solo tienen alumnos sino discípulos”. Estudiantes de Biología, Agronomía, Veterinaria y Farmacia tomaban sus cursos, fue maestro de varias generaciones.

La vasta sapiencia del profesor Marcano se sublimaba en el campo, viajar con él constituía en todo momento una experiencia placentera y magistral. Conocía todo el paisaje dominicano, no solo con su flora y su fauna, sino también con su geomorfología y sus fósiles, con su historia geológica y sus detalles culturales y sociales. El profesor Julio Cicero, su gran amigo y compañero de viajes y estudios, dijo a propòsito: “Para conocer el país habría que seguir los pasos de Eugenio de Jesús Marcano”. Nombraba cada planta de los caminos y los bosques, identificaba las aves con solo escuchar su canto, conocía los insectos y tenía buenas aproximaciones al conocimiento del comportamiento de las especies.

Desde qué momento Marcano Fondeur se hizo naturalista es un dato que no tenemos muy preciso. ¿Qué acontecimiento podría marcar la mente y el corazón de una persona para dejarla extasiada con la naturaleza y la biodiversidad hasta el ultimo día de su vida? Creemos que se entra al mundo con estas predisposiciones innatas, pero casi siempre hacen falta unas circunstancias o algún evento catalizador. Muchas veces es un hecho fortuito o un acontecimiento aparentemente insignificante, en el caso del ornitólogo Alexander Wetmore, otro gran naturalista que nos visitó varias veces en la primera mitad del siglo XX, tal vez fue aquel “Manual de las Aves de la parte Este de Norteamérica” que su madre le regaló a la edad de 5 años. En el caso de Marcano pudo ser aquel momento de su niñez en el que Don Jesús María Marcano Santana, su padre, quizás en presencia de Doña Clemencia Bienvenida Fondeur, su madre, sin imaginar las consecuencias extendió una de sus manos para colocar en las del niño la concha de un molusco, y decirle mirándole a los ojos: “estúdialo”.

La falta de una formación académica universitaria no fue obstáculo para este eminente naturalista dominicano. Fue, en gran medida, un autodidacta en las diversas disciplinas científicas que cultivó. Su gran labor la realizó principalmente a partir del momento en que fue nombrado Curador del Herbario de la Universidad de Santo Domingo (en 1955), después de graduarse de maestro normal en el Liceo Secundario Ulises Francisco Espaillat de Santiago y ejercer como maestro en diversa escuelas de Santiago, donde impartió la Botánica. Al mismo tiempo, comenzó a impartir los cursos de Botánica en la que era entonces Facultad de Farmacia de la Universidad de Santo Domingo.

La Botánica, a decir de muchos, fue la gran pasión de su vida. Su maestro y mentor lo fue el Dr. José de Jesús Jiménez Almonte, con éste mantuvo una estrecha amistad, compartiendo excursiones e intercambiando por muchos años. Las publicaciones y la vida de Jiménez influyeron notablemente en Marcano; aquel había sido, a su vez, discípulo del Dr. Rafael María Moscoso Puello, calificado como el fundador de la Botánica dominicana. Las publicaciones de Moscoso, “Las familias vegetales representadas en la flora de Santo Domingo”, el “Catalogus Florae Domingensis”, “Las Cactáceas de la Flora de Santo Domingo” y “Palmas Dominicanas” fueron libros de cabecera de Marcano Fondeur.

La formación de Marcano fue exquisita, desde Moscoso Puello, salvando la distancia generacional por medio a Jiménez Almonte, le llegaron el ejemplo y las enseñanzas de Eric Leonard Ekman, a quien se debe el conocimiento más extenso y detallado de la flora de las Antillas. Pero también debieron llegarle las normas de vida y las orientaciones de estudio de la escuela hostosiana, tengamos presentes que Rafael Maria Moscoso Puello fue uno de los discípulos más aventajados del maestro Eugenio María de Hostos, quien confió en aquel, siendo aún muy joven, las clases prácticas de Química y Botánica.

Además de su colección de unas 10,000 plantas, nos dejó sus “Notas de Botánica General y Sistemática”, la “Flora Apícola Dominicana”, “Flora Apícola de Venezuela”, las “Flórulas” de Isla Cabritos, Isla Beata y Valle Nuevo, además de su “Plantas Venenosas de la Republica Dominicana”. Pero también, sobre todo, la formación de varios talentosos y productivos botánicos que hoy se desempeñan exitosamente.

En el campo de la Zoología, Marcano se ocupó de más de un grupo, aunque dedicó su mayor atención a los insectos. Conocía bien las diferentes familias de estos artrópodos y acumuló una amplia información sobre aspectos de su biología y comportamiento.

Su colección de la familia Membracidae consta, de acuerdo a una referencia consultada, de 31 especies colectadas por él mismo, de las cuales 17 resultaron ser nuevas para la ciencia y 9 de ellas nuevos reportes. Basándose en esta colección, el Dr. Ramos publicó su libro “Membrácidos de la República Dominicana”. En este libro el autor le dedica la especie Orthobelus marcanoi y dice de Marcano “…a quien los estudiantes de la flora y fauna dominicanas le deben tanto por sus descubrimientos y valiosísimas colecciones … se destaca como excepción y ejemplo enaltecedor de una vida dedicada a coleccionar y observar en el campo de la flora y fauna de su país”.

Es muy famosa aquella anécdota sobre el encuentro de Marcano con un nutrido grupo de entomólogos en el Smithsonian Institution, eran especialistas de 30 familias de insectos. Sobre una mesa había numerosos especímenes de insectos colectados en República Dominicana y los entomólogos preguntaban sobre sus hábitats, semejanzas y diferencias morfológicas y comportamientos. Marcano respondía a todos, con propiedad y detalles. Fue entonces cuando la Dra. Doris Blake, famosa especialista en Chrysomelidae, se puso de pies y, llena de emoción y admiración por lo que acababa de hacer el joven dominicano, le dijo: “usted no es solo un especialista al igual que cada uno de nosotros, sino que es mucho más que eso, usted es un especialista de las 30 familias”. En su honor, Blake dedicó a Marcano la Diabrotica marcanoi, haciendo en la descripción de la nueva especie un elogio al entomólogo dominicano.

Se dice que la gran pasión de su vida fue la Botánica y se habla mucho del Marcano entomólogo. Sin embargo, fue tan apasionado o más con otras dos disciplinas. Con ellas se hechizó desde inicios de la década de los 50 y de ellas no pudo separarse nunca. Se trata de la Geología y la Paleontología. Anduvo todas las carreteras y los caminos buscando las barrancas y los cortes adecuados para observar y colectar sus fósiles.

Sus primeras lecciones de Paleontología las recibió de Don Ricardo Ramírez, a quien Marcano llamaba maestro y sabio, bebiendo de su fuente con las publicaciones suyas “Descripciòn de algunos moluscos del Mioceno del Valle del Cibao de la República Dominicana”, “Paleontología Dominicana” y el “Léxico Estratigráfico de la República Dominicana”.

Inspirado por Ramírez, caminó las formaciones miocénicas de la República Dominicana como ningún paleontólogo ni geólogo lo ha hecho nunca, no una vez sino muchas veces. Andando con su piqueta, sus fundas de tela y su lupa, visitó una y otra vez cada barranca; examinó sus fósiles con tal cuidado y dedicación que llegó a conocerlos en detalle, como si fuesen los dedos de sus manos. Este conocimiento teórico y vivencial lo llevó a un punto tal que era capaz de decir la procedencia exacta de cada concha de molusco fosilizado con solo mirarlo, no solo por la identificación de la especie, sino también por las condiciones de su fosilización.

Como resultado de su trabajo, propuso un reordenamiento de las formaciones miocénicas del Valle del Cibao, amplió la extensión de varias de éstas y enriqueció con sus interpretaciones algunas aproximaciones a la historia geológica de la isla. Estos resultados aparecen en sus publicaciones “Formaciòn Cercado” y “El Conglomerado Bulla” (1981). También, al publicar “Formación La Isabela del Pleistoceno Temprano” (1982), Marcano terminó con el error de tener como uniforme todo el llano costero, alertando sobre la presencia en éste del Plioceno y comenzando a diferenciarlo en formaciones.

Junto a Consuelo Martínez, su compañera de toda la vida y madre de sus hijos, hizo una labor altamente valiosa de identificación y clasificación de la malacofauna fósil de la Formación Arroyo Blanco, reportando un total de 240 especies, 174 gasterópodos y 66 bivalvos, precisando la ubicación geográfica y la extensión de esta formación, al tiempo que la correlacionó con otras formaciones miocénicas de la isla; estos resultados aparecen en “Moluscos Fòsiles de la Formaciòn Arroyo Blanco” (1994).

El trabajo en Paleontología y Geología suele ser muy paciente y prolongado, y sus resultados muchas veces han de esperar largos años. Es una labor parecida a la de un detective, hay que reunir las evidencias indirectas, las cuales no suelen estar visibles, hay seguir las pistas, relacionar y volver a las evidencias. Además, la dimensión del tiempo geológico con que se trabaja, unido al vocabulario propio de estas ciencias, las hace muchas veces excluyentes para el promedio de las personas. Quizás sea ésta la razón por la que resulta más fácil apreciar, ponderar y conocer al Marcano botánico y zoólogo, más que al paleontólogo y geólogo. Pero ello no significa que su pasión y dedicación por estas ciencias haya sido menor.

Desde que escuchó a Ramírez a finales de la década de 1940, se lanzó a una aventura que ocupó su mente toda la vida. Una y otra vez realizó las mismas caminatas que antes habían hecho William M. Gabb, Teodoro Heneken, Carlotta Joaquina Maury, Vaughan, Cooke y Woodring y Pedro Joaquín Bermúdez. Los ríos Gurabo, Ámina, Cana, y otros de la sección occidental del valle del Cibao, eran una suerte de sitios sagrados para él.

Quiénes dábamos pasos en la micropaleontología en los años de los 80 fuimos testigos de la vehemencia con que Marcano discutía y contradecía planteamientos y conclusiones de Maury y Bermúdez; sostenía un diálogo muy personal y solitario con aquellos paleontólogos ya desaparecidos, como si estuvieran vivos. Muchas veces fue muy duro con quienes no compartían sus consideraciones, pero había que entenderlo, era su gran pasión.

Decir que la vocación de paleontólogo de Marcano era más fuerte que la de botánico quizás sea un juicio exagerado, pero si no la igualaba debía estar muy cerca en sus preferencias.

En ocasiones estas dos ciencias se solapaban en elegantes y certeras observaciones e inferencias del naturalista. Como cuando hacía semejanzas y diferencias en las vegetaciones que se establecían sobre los suelos formados a partir de una o de otra formación geológica. Suelos con diferentes texturas y composiciones químicas. Así, solo como un ejemplo, explicaba que la Jacaranda sagraeana crecía en el bosque húmedo de Chacuey, en los suelos formados de la descomposición de rocas ígneas, sobre la formación conglomerado Bulla, no así sobre la arena arcillosa de grano muy fino de la formación Gurabo.

De esta manera, el paleontólogo y botánico, o el botánico y paleontólogo, concluía que se daban diferencias en la vegetación de una misma zona de vida en diferentes sitios debidos a los factores edáficos. Estas aseveraciones lo alejaban un tanto del sistema de zonas de vida establecido por Tassaico a partir de los trabajos de Holdridge y lo adelantaban en el tiempo. Más tarde, 1993, los botánicos Johannes Hager y Thomas A. Zanoni propusieron una nueva clasificación de la vegetación natural de la República Dominicana, tomando en consideración, precisamente, la variable suelo y la propia vegetación, no solo factores climáticos.

Eugenio de Jesús Marcano fue un naturalista de elevada estatura, de amplias dimensiones, pero sobre todo, fue un celoso defensor de nuestra biodiversidad, de nuestros ecosistemas. Cuando se le escuchaba en conversaciones informales o en sus conferencias, o cuando se leen sus publicaciones, llamaba y sigue llamando la atención su exaltación de “lo dominicano” y “los dominicanos”. Arengaba siempre sobre la necesidad de conocer el país, del deber que teníamos como dominicanos de conocer la flora y la fauna, de estudiar nuestra biodiversidad. Se quejaba de que pocos dominicanos conocieran ese tesoro preservado en el tiempo que representaban los fósiles del Mioceno del Valle del Cibao. Hablaba constantemente de los temas pendientes de estudio y sobre la necesidad de que fueran asumidos por nosotros mismos, aunque sin desaprovechar las colaboraciones de los investigadores extranjeros.

Las circunstancias políticas y sociales de su niñez y temprana juventud debieron influir en el desarrollo de sus sentimientos y consciencia nacionalistas, como también el magisterio de Jiménez Almonte y Moscoso Puello. Esta faceta de Marcano Fondeur pocas veces ha sido destacada, la del hombre de ciencias que no se siente ajeno a las desigualdades sociales y económicas de su pueblo, el hombre que lleno de orgullo nacionalista veía su propia labor científica como un compromiso con el país y como el terreno desde el cual prestaba su servicio, como otros lo hacían con la poesía, la novela, el ensayo o la acción directa. Fue maestro y ejemplo de muchos de nuestros naturalistas, ambientalistas y biólogos, quienes a decir de Félix Servio Ducoudray, se entregan con tal dedicación al estudio y defensa de nuestra biodiversidad que pareciera como si creyesen que “el verde fuera un color más de nuestra bandera”.

En estos tiempos lamentables de inversión de valores y pesimismo, cuando se hace tan necesario lo que Federico Henríquez Gratereaux denomina “la reconversiòn interior del hombre dominicano”, debiéramos proponer como ejemplo la vida de Eugenio de Jesús Marcano, en todas nuestras escuelas de campos y ciudades. Las nuevas generaciones deben conocer la vida de los hombres y mujeres ejemplares, y deben imitarlas; solo así tendremos continuidad en la construcción de la Nación. Una vida dedicada por entero a las ciencias que cultivó, padre y esposo ejemplar, hombre de vida organizada y útil, con una moral bien definida e inconmovible.

La memoria de Marcano Fondeur no pertenece solamente a quienes estamos relacionados con la conservación y educación ambientales, con la Botánica, la Zoología, la Geología o la Paleontología; Marcano pertenece a su país y su pueblo. Promovamos su íntegra figura, tal como fue y vivió: con su lupa, sus prensas botánicas, sus frascos para insectos, su red, su linterna, sus fundas de tela y su piqueta de geólogo. “Ser y vivir como él”, no importando la actividad o el ámbito desde el que demos servicio a la Nación.

Muchas gracias.


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