Una Noche en Rancho Ramón

por el FEDERICO W. LITHGOW CEARA

Excursión realizada por el Dr. Alberto G. Godoy, el Ingeniero José Leovigildo Flores y el Doctor Federico W. Lithgow (1944).  

Adaptado de “Relatos del Dr. Federico W. Lithgow Ceara. 1979. Boletín de la Sociedad Dominicana de Geografía. Vol. VIII, No. 8

Biografía de Lithgow Ceara

Viernes 25 de febrero de 1944

Partimos de Santiago el viernes 25 de febrero de 1944, llegando a Guácima, a la casa veraniega del Dr. Manuel Grullón R.O., al atardecer, casi dos horas después de nuestra salida. El querido amigo, acompañado de toda su familia, se encontraba en Ciudad Trujillo, donde fuera a formar parte del Congreso Médico del Centenario con funciones de Vice-Presidente.

La casa, sin Manuel y Doña Amantina, sin la loca alegría de sus niños, era un marcado contraste con la que habíamos visto en nuestro viaje anterior. Solitaria, silenciosa, era caja que había perdido todas sus armonías; pinar que no cantaba, falto de un soplo animador; arpa eolia, rica y hermosa, de cuerdas rotas. En cada rincón vagaba el recuerdo de los amigos ausentes, como en un refugio encantado de cuento de hadas. El sol se ponía como en otra ocasión lo viéramos, tras el Cerro Angola; su luz, filtrada al través de una tenue neblina de humo que produjeran los incendios que abundaban en las lomas resecadas por la sequía, iluminaba todo el contorno con un tono anaranjado. Vino al pensamiento, como expresión justa que diera nombre a ese cuadro, una frase que no pudimos olvidar: RINCÓN ENCANTADO.

En la galería se sentía una brisa suave y fresca; las manos reclamaban abrigo; el termómetro marcaba 18 grados centígrados.

Leímos nuestro altímetro, muy fino, propiedad de Don Manuel A. Tavares Julia, y nos dio una marca de 740 metros. Nuestra sorpresa fue grande, pues en nuestro viaje anterior usamos otro altímetro, muy fino también, fabricado a la orden en una de las mejores fábricas francesas para Don Domingo Bermúdez y bajo indicación del Dr. Canela, y nos dio una marca de 880 metros. Hubimos de recordar las palabras del citado compañero. Dr. Canela, cuando nos decía en Pico Trujillo, durante nuestra anterior excursión de Año Nuevo, que los aneroides son de una imprecisión que pasma, cosa que puede comprobarse cuando se llevan varios de ellos y vemos lo diferente de las alturas que marcan cada uno. Unos son eternamente locos: otros marcan con exactitud hasta cierta altura y de ahí en adelante son indignos de confianza. Es verdaderamente trastornadora una diferencia de 140 metros en una altura tan pequeña como la de Los Montones. Tengamos esto en cuenta en lo adelante, cuando queramos precisar alturas con aneroides.

La temperatura bajaba lentamente al avanzar la noche; nos acostamos temprano. Vestimos nuestra ropa de lana, seguros de pasar algunas horas de agradable tibieza, sin embargo, el frío nos hizo despertar varias veces. Cuando a las seis de la mañana nos levantáramos, el termómetro marcaba 10 grados centígrados y registraba una mínima de 8. Esta temperatura, nos informaron, hacía años que no se registraba en Los Montones: una ola de frío se había sentido en una gran extensión pues en Santiago bajo esa noche a 12 grados, temperatura excepcional en esa localidad. Cuando al día siguiente llegamos a Rancho Ramón, nos dijeron que la noche anterior casi murieron de frío. Un día antes, pasó el “botón” por Constanza: se congelaron aguas, espesa capa de escarcha cubrió casas y árboles y las cosechas se dañaron.

Sábado 26 de Febrero de 1944

Salimos de Los Montones a las ocho y cuarenticinco minutos de la mañana, un poco retrasados por la tardía llegada de Otilio, Alcalde de La Placeta, uno de nuestros prácticos. Atravesamos un pinar que queda al oeste de la casa del Dr. Grullón R.O., pasamos el arroyo Bajamillo y llegamos a Rincón de Piedra a las diez, a la pulpería de Alejandro Rodríguez. En este establecimiento puede encontrar el alpinista muchas cosas necesarias para el viaje, casi podríamos decir que puede encontrarlo todo, pues está muy bien surtido: arroz, habichuelas, cazabe, azúcar, sal, dulces, galletitas finas, toda clase de mercancía gruesa y para colmo, una buena variedad de pulseras para relojes de muñeca. En este establecimiento el altímetro registró una altura de 2600 pies, o sea, 793 metros; ya sabemos, que para reducir pies a metros, basta multiplicarlos por 30.5, que es el número de centímetros que tiene un pie; el producto se divide por cien, bastando por tanto separar dos cifras y obtenemos el equivalente en metros.

Seguimos inmediatamente nuestro viaje, siempre muy cerca del río Bao, teniéndolo casi constantemente ante nuestra vista, unas veces a su nivel, otras, a considerable altura. Bao es un río bellísimo en el que podemos contemplar hermosas chorreras de fuerte desnivel seguidas de largos y profundos charcos de aguas verdosas y tranquilas: a veces se encajona entre enormes piedras cortadas a pico para luego explayarse y hacerse de muy escasa profundidad. Sus aguas son muy frías en estas regiones, brindándonos baños de imborrable recuerdo; si tomamos esta agua, habremos probado una de las más sabrosas del país. Los campesinos, al pasar junto a Bao, siempre se llevan un poco de sus aguas en cualquier recipiente que porten.

De trecho a trecho encontramos hermosos pomares junto al río; las pomarrosas inclinan sus ramas de tal modo, que el camino va por entre un bello túnel formado por millares de arcos; estos túneles son de una agradable temperatura, medio oscuros, aunque siempRe el sol se filtra por entre las hojas. Tomamos una fotografía estereoscópica de estos pomares, la que nos permite ver su rara y encantadora belleza.

Llegamos a Mata Grande a las doce meridiano, tres horas y cuarto después de nuestra salida de Los Montones; dos horas después de haber salido de Rincón de Piedra. Mata Grande está formado por unas cuantas casas y una bonita sabana, en la que veremos, siempre que pasemos en día feriado, una pléyade de jovencitos jugando baseball. Sepan los alpinistas que se les presenta en Mata Grande la última oportunidad de conseguir alguna comida para el viaje; hay una pequeña pulpería, muy mal surtida de comestibles pero muy bien provista de rones de diferentes marcas: se repite el mismo milagro de todas las pulperías del Cibao. La altura que indicó el altímetro fue de 2600 pies, 793 metros: exactamente la misma de Rincón de Piedra; pero no se crea que entre estos dos lugares se extiende un enorme valle, pues en realidad están separados por muchas lomas, algunas de buena altura.

Inmediatamente que dejamos atrás las últimas casas de Mata Grande, comenzamos a subir el Cerro del Mico, a lo largo del cual se va viendo un hermoso panorama: las casas y la sabana de Mata Grande en la profundidad como un minúsculo vallecito y la vertiente Sur del Cerro Angola, toda cultivada en incontables conucos que limitan las rectas de los cercados.

A las doce y cincuenticinco minutos llegamos al arroyo Antonsape Bueno, llevados por una pequeña cuesta, cuya tierra es de un color rosado pálido bellísimo; hay aquí unas dos o tres casas, que dan, así como las personas que la habitan, una apariencia de franco bienestar económico, muy distinto del que ofrecen los habitantes de Rancho Ramón de quienes luego hablaremos.

Antonsape Bueno es un lindo arroyo de aguas frías y cristalinas, bastante ancho, forma pequeños charcos que invitan al baño, y muy cerca del camino se puede ver una pequeña cascada preciosísima. Tomamos una fotografía estereoscópica, la que muestra la indudable belleza de este arroyo. De Mata Grande a Antonsape Bueno gastamos unos treinta minutos, pues si bien llegamos al primero a las doce, nos detuvimos allí un buen rato en espera de que se nos colara café.

Cruzado Antonsape Bueno subimos una pequeña cuesta, que bajada inmediatamente nos conduce al arroyo Antonsape Malo; para llegar de uno a otro se gastan apenas dos o tres minutos; Antonsape Malo es de mucho menor volumen, pero en cuanto a belleza y a sabrosura de sus aguas, en nada ceja a su más virtuoso compañero.

Algunos metros más abajo se juntan ambos Antonsapes, para casi inmediatamente pasar por entre dos preciosos piquitos, los Morros de Agua. Son éstos, dos colinas gemelas con las formas de perfectos conos, de unos cuarenta metros de altura quizás, terminados en aguja y cubiertos totalmente de pinos. Se tocan por sus faldas, por entre las cuales los arroyos, ya reunidos, usando de la rara perseverancia de la gota, han hecho su cauce: la limadura ha sido enérgica, pues ambos Morros muestran la herida en sus muros verticales de piedra viva. No hay en nuestra isla semejante capricho de la naturaleza.

Lo de Bueno y Malo, apellidos que ostentan los Antonsapes, se debe, al decir de nuestro guía, a la diferente dificultad que ofrecen las cuestas que conducen a ellos.

Es curioso que dos arroyos mellizos embistan a dos picos mellizos. Los Antonsapes, fuertes en estrategia, usaron la ofensiva y triunfaron en esta secular batalla sobre los Morros de Agua.

Una vez cruzado Antonsape Malo, comienza en su misma orilla la Loma del Oro, que abordamos a la una pasado meridiano. Esta loma es la mayor dificultad del viaje, pues han de ser mulos de primera calidad los que se usen, si no queremos, que una vez cansados, tengamos que escalarla a pie. Así sucedió a los jóvenes Ulises Franco Bidó y Dalmau en su excursión al Pico Trujillo, quienes tuvieron que gastar fuerzas en esta loma que debieron haber economizado para vencer tantas alturas como hay que vencer de Ranchón Ramón en adelante.

La ascensión de la Loma del Oro nos tomó, en buenos mulos, dos horas justas; los guías nos aconsejaron reiteradas veces, no tratar de obligar a los mulos a subirla con rapidez, sino dejarlos que fueran haciendo el esfuerzo a su mejor comodidad, única forma en que pueden subirla sin cansarse. Llegamos a la cima a las tres en punto. Es muy empinada, pero puede escalarse en totalidad sin desmontarse de los mulos.

Cuando el altímetro marcaba 4400 pies, o sea, 1342 metros, teníamos a la vista el llamado derrumbe de la Loma del Oro; se trata en realidad de un deslizamiento de un enorme pedazo de la loma, deslizamiento que llega hasta el río Bao que corre en las faldas de este macizo a distancia enorme. Esta tierra deslizada llega hasta la mitad del cauce del río, el que presenta esta parte muy estrechada; a cada subida de sus aguas arrastra esta arcilla con la que enturbia sus aguas, turbieza que vemos también en las aguas del Yaque en Santiago por haber recibido ya la contribución de las aguas del Bao cerca de Baitoa. Tomamos dos fotografías esteroscópicas de este fenómeno sísmico que dan cabal idea de él. Cuando desde cualquiera distancia vemos la Loma del Oro por su vertiente norte, el deslizamiento, como una gigantesca cinta amarilla hiere nuestra vista.

Antes de llegar a la cima de esta loma, el guía nos dijo, al llegar a un pequeño valle de unos veinte o treinta metros apenas, que ahí terminaba la Loma del Oro y que el resto de la loma llevaba el nombre de Loma de las Lagunas.

La cima de esta loma no es un llano, una pequeña altiplanicie, de tal modo que cuando comenzamos a descenderla casi no nos damos cuenta de que ya la hemos vencido; en dicha cúspide el aneroide marcó 5625 pies, 1716 metros; eran las tres de la tarde: tardamos, pues, dos para subirla.

Desde la cima de esta loma se puede contemplar, cualquiera que sea la dirección hacia la que dirijamos nuestra vista, un extenso y bello paisaje. Hacia el norte, Juncalito y Cacique, Cerros de Los Limones, Cerro de Las Carreras, el hermoso valle de La Placeta. Hacia el este, Jamamú, representado aquí por sus últimas estribaciones, se roba todo el cielo. Hacia el sur, podemos admirar la impresionante cuenca del Bao, desmesurado zanjón en cuyo fondo corre el río, hacia el que convergen desde el este y el oeste innumerables lomas; este paisaje además de su hermosura es interesantísimo para el alpinista, por su contenido geográfico: tratemos de describirlo. En el firme de la Cordillera Central, teniendo como fondo el cielo, La Rusilla a la izquierda y La Pelona con sus dos eminencias (Pico Trujillo y Pico La Pelona) a la derecha, ocupan todo el campo de una cámara fotográfica. El Pico La Pelona, visto desde aquí, aparenta indudablemente mayor altura que el Pico Trujillo, tal como sucede desde todos los ángulos desde los cuales hemos podido verla; creemos que el motivo de esto se deba a que el Pico Trujillo tiene mayor altura cuando se toma ésta desde la cúspide del montículo de piedras en donde está colocada la placa de bronce, montículo que por su pequeñez no puede verse a la distancia; pero nos parece que si se tomara la altura desde la tierra firme del Pico Trujillo, que es en definitiva lo que a la distancia vemos, esta altura sería inferior a la de la cima del Pico La Pelona: ardemos en deseos de escalar de nuevo estos picos, para, altímetro en mano, hacer la comprobación.

Por debajo del firme de La Pelona vemos una loma que ascendiendo desde la cuenca del río Bao va a terminar a las faldas del Pico La Pelona: ésta es la Loma del Valle, que así se llamaba anteriormente La Pelona, y que es la ruta mejor y más corta a seguir, una vez que bajada la Loma del Peñón se atraviesa el río Bao. Cuando se ha escalado una buena parte de la Loma del Valle se llega al bellísimo y frío Valle de Bao, muy llano, cubierto de pajón y pinos, serpenteado por el río Bao, lugar en que comprobaron los alpinistas Franco Bidó y Dalmau una temperatura de cuatro grados centígrados bajo cero y vieron el emocionante espectáculo de una espesa capa de escarcha cubriendo todo el valle. Esta loma, nos refieren los alpinistas que la han escalado, es muy pendiente, de fatigante ascensión.

Mirando La Rusilla, notamos otra loma, que arrancando también de la cuenca de Bao, ataca el macizo de ella: ésta es la Loma de la Mina, que vista desde nuestro mirador de la Loma del Oro, aparenta ser una ruta buena y corta para la ascensión a La Rusilla. Los informes que hemos recogido de la posible utilización de esta ruta, son contradictorios. Unos, como Pancho Rodríguez, el práctico a quien el Ingeniero Juan Ulises García intitula de notable, y que recibiera de los alpinisas Terry y Carry calurosas felicitaciones, nos refirió hace unos tres meses, que él había escalado La Rusilla por esta loma, agregando que había subido en mulo hasta el firme y caminado parte de éste sin desmontarse, de tal modo, que solamente tuvo que caminar a pie unas ocho o diez horas. Le preguntamos acerca de las dificultades de esta ruta, y nos aseguró que es el mejor camino, tan bueno, que con facilidad podría convertirse en camino para mulos. Acerca de la presencia de manantiales, afirma que a lo largo de todo el firme se consiguen innumeradas aguadas con sólo bajar un poco por las laderas, no siendo el agua un problema en momento alguno.

Nos dijo el viejo Juanico, hombre que conoce al dedillo todas estas lomas, y que asegura ser el primer dominicano que escaló La Pelona hace más de treinta años, que él subió a La Rusilla por la Loma de la Mina, pero que fue un viaje dificultoso, porque una buena parte del camino está ocupada por intrincada selva que necesita del machete para abrirse paso. Este viejo, así como otros prácticos que nos acompañaron, dudan de las palabras de Pancho Rodríguez y afirman que actualmente es ruta prohibida para el alpinismo. Creemos importante dilucidar la verdad que pueda haber en cada una de estas opiniones, porque esta loma invita a que se la tome como ruta normal y natural para el escalamiento de La Rusilla.

Más abajo de la línea que marca todo el firme de la Loma de la Mina, y paralela a ella, se ven las últimas estribaciones de la Sierra de Jamamú (ver nota 1 abajo) estribaciones que ocupan toda la orilla oriental del río Bao desde Rincón de Piedra hasta Rancho al Medio. A estas últimas estribaciones, pero en su cima, creemos que dan los campesinos del lugar el nombre de El Mojoso. La Loma del Valle, la Loma de La Mina y Jamamú, forman tres líneas inclinadas y paralelas que van a terminar al río Bao, como puede verse en las fotografías o en el diagrama que se muestra más abajo.

1) A esta loma que está frente a Rancho al Medio la nombró uno de los prácticos con el nombre de Loma Prieta. En el mapa de 1938 por el Ing. Gómez le dan el mismo nombre de Loma Prieta.

Si miramos hacia abajo, hacia la ladera sur de la Loma de Las Lagunas, (ya dijimos que es la misma Loma del Oro, pues apenas hay demarcación entre ambas) podremos admirar un bello valle, Las Lagunas. En este valle hay un señor que tiene magníficos conucos, de tierra fértil, con un arroyo, ciénagas y lagunas, las que han dado nombre al lugar. Nos informó Juanico que este señor es la única persona que en todos esos contornos tiene una agricultura que le permite producir dinero en cantidad suficiente para un buen ahorro. Inquirimos por qué otras personas no van a cultivar ese mismo valle y aprovechar su fertilidad: la única explicación que nos dio Juanico, es la dificultad de subir y bajar las lomas que conducen a él; hay una casa abandonada que perteneció a uno de los hijos de Ramón Cava a quien vimos residiendo actualmente cerca de sus otros hermanos, donde la tierra obliga a llevar vida de gran pobreza.

La bajada de la Loma de las Lagunas, que así se llama la vertiente oriental de la Loma del Oro, es preciosísima, formada por una porción de gajos en forma de grandes escalones, cubiertos de pajón y pinos, que recuerdan la subida de La Pelona desde la compartición.

El panorama del lado oeste es el menos interesante que puede verse desde la Loma del Oro, pues hay una loma que despierta poco interés.

He nombrado varias veces a La Rusilla y siempre he escrito su nombre con “s”; como en nuestro mapa aparece escrito con “c”, vale la pena dedicar unas líneas para hablar de la ortografía de esta palabra.

En castellano encontramos dos palabras que podrían ser origen del nombre de esta loma:

  • RUCIO, RUCIA. Adjetivo. (De la palabra latina Russeus). De color gris o pardo claro. Familiar: entrecano, gris. (Véase Larousse y Enciclopedia Hispano-Americana.)
  • ROSILLO, ROSILLA. Adjetivo. (Del latín Russeolus). Rojo claro. Dícese de la caballería que tiene el pelo mezclado de blanco, negro y castaño. (Véanse los mismos diccionarios).

Ahora bien, la Loma Rusilla tiene un color rojizo en su cima, tal como lo declara el Dr. Ekman, quien afirma que es debido al color rojo de la roca que forma su suelo; cuando vemos esta loma de cerca, por ejemplo, de la casa de Mocho Almonte en el Cerrazo, hiere nuestra retina el color rojizo de su firme.

Nuestros campesinos llaman rucio, al caballo gris; también lo llaman moro. Esta acepción es correcta, pura. Llaman rusillo al caballo de color rojizo, con mezcla de pelos blancos, negros y rojos. Está claro, que nuestros campesinos llamaron Rusilla a esta loma porque es del mismo color de los caballos rojizos, alterando, eso sí, en una letra, la palabra rosilla. Hay que perdonarles que alteren una palabra en una letra: su falta de instrucción los justifica; pero no es perdonable que nosotros, con una mayor instrucción, alteremos esta palabra en dos letras, la “u” y la “s”.

En conclusión, esta loma por su color rojizo lleva el nombre, aplicado por los campesinos, de Rusilla, por ser del color de los caballos rosillos. Una de dos: o se continúa llamando Rusilla para dar paso a la costumbre, o escribimos Rosilla que sería lo correcto. Hay que agregar, que la palabra rucilla no existe en diccionario alguno.

Es lógico usar, refiriéndose a esta loma, el término ROSILLA, pues a nadie se le ha ocurrido escribir alteradas ese montón de palabras que nuestros campesinos pronuncian mal. Por otro lado, ninguna confusión traería escribir y pronunciar correctamente esta palabra, pues cuando preguntáramos por “La Loma Rosilla”, no habría campesino que dejara de comprendernos, sabiendo perfectamente a qué loma nos referimos.

Siendo La Rusilla el macizo más importante de nuestra isla, aunque no sea el más alto, del cual nacen ríos que fertilizan gran parte de nuestra República, dando vida a millares de dominicanos, bien estaría, que el Instituto Geográfico, asesorado por personas sabias en gramática como el profesor Patín Maceo, dijera la última palabra en esta materia.

Cuando bajábamos La Loma del Oro, Juanico abandonó el trillo que conduce a Rancho al Medio y nos guió hacia un rancho que posee cerca del arroyo Las Lagunas, precioso arroyo de aguas transparentes y muy frías; llegados allí, quiso que dejáramos nuestros mulos en el pequeño cercado que contiene al rancho y propuso que durmiéramos en él. No nos agradó la proposición pues habíamos abandonado el camino que conducía a Rancho al Medio y a Rancho Ramón, lugares, que desde el punto de vista del alpinismo, tienen grandísima importancia, ya que en ellos es preciso dormir al final del primer día de jornada cuando se va hacia Pico Trujillo y La Pelona. Resolvimos, dado que había tiempo todavía, dirigirnos hacia Rancho Ramón, donde llegamos hora y media después, no sin antes haber visto tres o cuatro pobres viviendas en que residen los hijos del viejo Ramón Cava. Como habíamos dejado el camino real, no pasamos esa tarde por Rancho al Medio, que habríamos de conocer al siguiente día. Vimos, antes de llegar a Rancho Ramón, el llamado Rancho del Gobierno; es éste un rancho abandonado que sirvió de campamento para los peones que trabajaron en el mejoramiento de ese camino. Ese rancho fue dejado intacto para que sirviera de refugio a los viajeros y turistas; se conserva en regular estado, y lo aconsejamos como buen punto para dormir para los alpinistas, pues tiene la ventaja de que está limpio.

Tanto habíamos oído hablar del viejo Ramón Cava y es tanto el prestigio que adquiere su nombre cuando en el mapa vemos denominar el lugar donde tiene su casa, como Rancho Ramón, que teníamos idea de que llegaríamos a una magnífica casa de campo, con potreros, rancho para ordeño, conucos, fincas de yerba y todos esos anexos que tienen las casas de las personas pudientes de los campos. Empero, muy diferente es la realidad: ya el viejo había abandonado su casa hacía dos meses, apenado por la repentina muerte de su querida vieja, cuyo cadáver, en litera de un solo palo, fue conducido a San José de las Matas a través de tantas lomas de pendientes empinadas como las que hay que vencer entre esos dos puntos extremos: tarea que se ha hecho legendaria y que por mucho tiempo referirán los campesinos de esos apartados lugares, cada vez que en su presencia digamos que esos parajes son solitarios y escondidos; para ellos, el haber sacado esa litera es la mejor prueba de que están en un camino de fácil tránsito: los tropezones, resbalones y caídas que debieron darse los que conducían a la muerta, es cosa de poca importancia para tenerse en cuenta.

La casa solariega está habitada actualmente por uno de los hijos del viejo Ramón, con esposa y tres hijos: uno de cuatro meses, un segundo de algo menos de dos años y una avispada muchachita vivaracha y ágil quizás de cuatro.

La humildad, esa hermosa virtud que nos lleva al vivir sencillo, hacía siglos que daba tumbos sin encontrar asilo; fue a la casa de los Papas, esos egregios representantes de Cristo, el gran cultivador de ella: tanta púrpura, tanto oro y tanta gula, fueron horrores que ahuyentaron a la tímida virtud. Erraba, día tras día sin encontrar asilo, porque encontró que en todo corazón bullían vanidad, pedantería, soberbia, lujo. Mas, llegó al rancho de Ramón Cava, encontró, ¡por fin!, una familia que vivía con arreglo a la más pura doctrina de Cristo, y allí sentó definitivamente sus reales. No se puede concebir más humildad y sencillez, no habiendo establo alguno que pueda ser tan apropiado como Rancho Ramón para el nacimiento de un nuevo Mesías.

No se crea que en este mundo, ni aún en Rancho Ramón, se puede vivir tranquilamente y dar sosiego a nuestra propia psicología; aún allí, la Humildad tendrá que sentir de cuando en cuando sus buenos saltos del corazón. Qué no sentiría cuando nos vio entrar a su casa cargados de cámaras fotográficas y anteojos; cuando vio al Dr. Godoy calarse un gorro frigio de lana del Canadá de encendido rojo; y qué pesar cuando viera al querido amigo Fonso Mera rebujado en fina bufanda donde estaban hermanadas lana de Inglaterra y seda de gusanos chinos.

La casa donde esta familia de santo vivir se cobija, es de tablas de palma y cobijada de cana. Dos habitaciones la forman: una, de dos metros y medio de largo por otros tantos de ancho, tiene tan sólo dos puertas, que dan: una al exterior y otra a la siguiente habitación; esta otra habitación es casi un callejoncito, pues tiene el mismo ancho de la otra, pero de largo apenas metro y medio, sin que ninguna ventana o puerta la comunique al exterior. Sin embargo, no se crea que está obscura o poco ventilada: las hendijas que lucen sus paredes son suficientemente grandes y numerosas para que la luz y el aire se cuelen abundantes para realizar su misión perpetuamente purificadora.

La familia de este virtuoso hijo de Ramón Cava, tiene reflejos del más puro ascetismo: para sus almas tienen el inefable regocijo de la contemplación de Dios. Para sus cuerpos, nada que sea cómodo, nada que invite a la molicie, ese vicio que es padre de todos los demás vicios; si algo necesitan los cuerpos de estos hijos de Dios, ha de ser trabajo, mucho trabajo, esa virtud “que estropea”, pero que purifica los espíritus, les da transparencias de cristal, al mismo tiempo que agobia la mente borrando todo vestigio de ilusión y de ensueño.

Objetos de lujo o para comodidad del vivir?: muy pocos, aquí van indicados los únicos que pudimos ver:

  • Un catre cerrado en la habitación callejón,
  • Una silla serrana en bastante mal estado,
  • Una hamaquita, en un tiempo saco de henequén, que recibe el cuerpecito débil del recién nacido Cavita,
  • Dos tarimas, una un poco ancha cubierta de pajas de frijoles, a modo de colchón, que sirve para dormir, y otra más estrecha, que a modo de sofá sirve para sentarse,
  • Un montón de pajas secas de frijoles de la última cosecha; de noche se riega en el suelo para dormir sobre ella y cubrirse con ella misma, desempeñando el doble oficio de colchón y frazada.

Estas gentes, cultivadoras de la virtud más exagerada, temen al lujo como teme al gato el ratón; por eso, no se pierda tiempo en buscar en su vivienda otros objetos que den comodidad y sabrosura a la vida: ni un cajón, ni una mesa, ni lámpara, ni jofaina, ni toalla, ni pañuelo, ni una lámina que con sus colores adorne la salita.

Sus cuerpos están delgados y pálidos: deben ser muy sobrios. La tierra, ingrata para el cultivo, les ayuda en su sobriedad: la gula no es el pecado que les haga perder el cielo.

Cuando llegamos, vimos un hermoso espectáculo, una comunidad verdaderamente paradisíaca: en la habitación que da al exterior, reunidos como buenos hermanos, dos marranitos flacos y enjutos, varias gallinas y un perro, buscando entre la paja seca, como si dijéramos entre el colchón, algo que evite la inanición que les amenaza, y que indiscretamente luce en sus cuerpos. Esta camaradería de animales tan diferentes nos hizo recordar otra camaradería: la de las naciones unidas, rusos, americanos e ingleses, o como si dijéramos: agua, azúcar y aceite.

A la vista de este cuadro las ideas se asociaron: el perro nos recordó las pulgas, las gallinas los jiriguaos y los marranitos las niguas: a la idea de estos insectos se asocio la de chinches y esta idea a su vez nos hizo dirigir los ojos hacia la tarima ancha y su colchón de pajas secas. Sin pensarlo, como un eco que de la conciencia se reflejó en el subconsciente, preguntamos al dueño de la casa: Dígame, amigo, en aquel ranchito que se ve allá abajo, ¿podríamos dormir esta noche? ¡Oh! ¡Imposible!, nos contestó, será para mí de mucho gusto ofrecerles, aquí en mi casa, mayores comodidades. Tan suaves, sinceras y bondadosas sonaron estas palabras, que la falta de aseo de la habitación fue voz que apagó el cariñoso ofrecimiento: bajamos la carga y entramos nuestros efectos: cámaras, anteojos, frazadas, ropa de lana, comida.

Nuestro primer problema era conseguir comida para los mulos: cogollos de caña fue la solución, conseguidos en cantidad suficiente para que pasaran la noche y repusieran las fuerzas perdidas. El segundo problema, para el cual todavía no habíamos vislumbrado solución, era pasar una noche con el montón de parásitos con los que habríamos de dormir… y amanecer vivos.

Desde que llegamos, las cinco de la tarde quizás (el reloj de Albertico dejó de tuncionar desde que llegamos al arroyo de Las Lagunas, pues desde que siente frío renuncia al alpinismo como en otra ocasión el Dr. Lithgow; vimos un pequeño cuadro, brillante acuarela, digna de un pintor de paleta proletaria, que desee despertar interés y compasión por las clases oprimidas. El niñito de menos de dos años, en cuclillas, se calentaba en el patio junto a la casa; su calefacción consistía en un pequeño haz de astillas de cuaba y una piedra plana. Dos o tres astillas flameantes descansaban sobre la piedra, las que iba sustituyendo por otras a medida que se gastaban. Este niño, desnudo como siempre lo vimos, mostraba una increíble pericia a sus años en el manejo de la cuaba encendida, pericia que es instintiva en todo animal agreste en su lucha contra la adversidad del medio, uno de los tantos hechos que dan fe de la verdad de lo que es la lucha por la propia existencia y su consecuencia, la selección natural. Los débiles desaparecen engullidos por el medio y por los fuertes, a pesar del cristianismo, de la moral, de la Carta del Atlántico de Mr. Roosevelt y de todas esas filosofías, que aunque bien intencionadas, son eternos fracasos por ir dirigidas contra leyes biológicas como es la de que la gallina se coma a la cucaracha: lástima que Cuba. Puerto Rico y la República Dominicana sean cucarachas, en tanto que Estados Unidos, con respecto a estos pequeños, será siempre gallina.

Llegó la noche y cenamos ligeramente; una brisa ligera y fría, agregada al cansancio del viaje, nos llevó temprano a la cama; la nuestra fue la tarima ancha; la del Dr. Godoy y del Ing. Flores, las pajas secas de frijoles regadas por el suelo, cama que compartieron con los demás compañeros de viaje, peones y prácticos, con la misma democracia y camaradería con que en la misma paja se juntaron por la tarde… los puerquitos, el perro y las gallinas: la historia se repite como música impresa sobre un tornillo sin fin. El dueño de la casa, sentado en la silla serrana, tenía entre los brazos al chiquitín de pocos meses y entre las piernas al otro de casi dos años; la hembrita, en continuo trajín, era toda una dueña de casa; la esposa, como las matronas romanas de la época severa de Catón, nunca formó parte en nuestras tertulias.

Desde nuestros camastros iniciábamos conversación que no se animaba. Los excursionistas, como animales que han olfateado un peligro, eran todo atención y silencio, en espera del ataque de chinches, pulgas, jiriguaos y niguas cuya presencia sospechábamos. El dueño de la casa y dos de sus hermanos que habían llegado a visitarnos, silenciosos también, estaban atentos a nuestros menores movimientos. Nos imaginamos que ellos estaban viviendo un momento tan emocionante como el que vivían las turbas de Roma cuando en el circo, un grupo de cristianos indefensos, esperaban que soltaran los leones, o como en Sevilla, cuando el público impaciente contempla al valeroso torero que capa en mano en el centro del redondel está a punto de recibir su primer toro. Reiteradas veces incitamos a los Cavas y a nuestros peones a que hicieran algunos cuentos, los que siempre nos dan el agradable deleite de penetrar la psicología simple del alma campesina; pero empeño vano, no podía animarse una conversación entre un grupo de espectadores y otro de condenados a inminente suplicio.

Luperón, siempre el primero! siente un alfilerazo en el cuello, que como un toque de guerrilla le pone alerta; pero esta chinche, furiosa, pica incesantemente, obligando a Luperón a levantarse y abandonar la tarima donde se había acostado y buscar refugio entre la paja de frijoles. Cava, al ver a Luperón en derrota se entusiasma por el coraje de su chinche, como esos galleros se enardecen cuando su gallo es bravo, y frotándose las manos grita: ¡Esa es española! Parece que la chinche que Luperón llevaba era la mariscala de esas bravas amazonas, y al verse entre las miradas de compañeras que se escondían en la paja, lanzó su grito de guerra: ¡A la carga, muchachas!, y aquí fue la de Troya: las manos, que los excursionistas llevaban a razón de dos por persona fueron insuficientes; eran precisas cien manos para cada uno, para poder rascarse al mismo tiempo en el cuello, por entre la camisa, por entre las mangas, por debajo de los pantalones y por esa lejana espalda que apenas podemos alcanzar. Cabezón Almonte da síntomas de estar próximo a un paroxismo nervioso; tanto es el miedo que le inspiran las chinches que decide salir al exterior para dormir junto al tronco de los pinos: nuestros ruegos lo hicieron desistir. Angustiados, preguntamos a Cava si realmente abundaban las chinches en la casa esperando una frase consoladora, pero este simpático serrano, haciendo gasto de fresco humor, nos contesta: Bueno, aquí hay unas poquitas; a Uds. le van a caber más de dos docenas por cabeza; yo sí estoy contento esta noche, porque tengo con quiénes repartírmelas esta noche; además estas chinches son muy inteligentes, y cuando llega gente del pueblo le fajan a ellos porque huelen mejor que nosotros y tienen el cuero más blandito.

Reímos a carcajadas de la humorada de este famoso Cava, animándose la conversación. Pregunta uno: Oye, Cava, y pulgas, ¿hay muchas aquí?/; ¿que si hay muchas?, contesta, ya el perro debe estar limpiecito de ellas porque estarán buscando carne fresca con Uds… Nosotros, al recordar a los marranitos le preguntamos: Y de niguas, Cava, ¿cómo estamos? Bueno, de niguas estamos fuertes, en esta sala tenemos bastantes, pero peor hubiera Ud. estado si estuviera durmiendo en el rancho donde se quiso ir esta tarde: ahí hay tantas que no se ve el polvo: si Ud. duerme ahí le garantizo que no amanece vivo.

Los que estaban acostados entre la paja, algunos dormidos ya, se revolvían y rascaban sin cesar; nos informamos con Cava si esa paja era vieja, y contestó: ella es medio viejita, porque ya era vieja cuando la amasaron Ulisito y Fonso Mera cuando hace dos meses durmieron aquí camino del Pico Trujillo. Nosotros pensamos en nuestros adentros: quiera Dios que se pueda coger pronto una nueva cosecha de frijoles para que cambien esta paja, de lo contrario, estas chinches van a cometer un homicidio con cualquiera que se acueste en esta sala.

Nuestro programa consistía en caminar a pie durante el siguiente día, domingo 27 de febrero, hasta llegar lo más cerca posible del Valle de Bao, regresar a Rancho Ramón para dormir ahí esa noche y regresar a Santiago el lunes 28. Empero, los insectos trastornaron tan hermoso itinerario y a unanimidad se resolvió a Santiago al día siguiente temprano. Recuerden esto los estrategas: cualquier enemigo, aunque sea pequeño como una chinche, derrota al más corpulento enemigo, todo consiste en aplicar un fuego insostenible.

Esa noche no hizo frío exagerado, si se compara con el que se siente corrientemente en Rancho Ramón; nosotros, que dormimos en la tarima, sentimos bastante, a tal grado, que no nos permitió dormir tranquilamente. Los que durmieron en la paja seca no fueron molestados por la baja temperatura sin tener que hacer uso siquiera de las frazadas: entonces nos explicamos las grandes ventajas de la paja seca de frijoles aunque esté llena de parásitos, para personas, que como las de Rancho Ramón, no poseen frazadas.

Domingo 27 de febrero de 1944

A las cinco de la mañana estábamos colando café. Unos se levantaron, como nosotros, acosados por el frío; otros empujados por las pulgas y las chinches: en Rancho Ramón todo está hecho para evitar haraganería y molicie. Si las virtudes han abierto una escuela para preparar maestros, chinches, pulgas, niguas y jiriguaos son discípulos aventajados en Rancho Ramón.

En la cocina formamos alegre tertulia, la que conoció, preparada por Cabezón, la mezcla de café fuerte con chocolate; al ofrecer este menjurje hizo su presentación con esta frase: Esto es muy alimenticio.

Se agregaron muy luego a nuestra tertulia los dos niñitos mayores de la casa. Mientras nosotros frotamos las manos sobre el fogón encendido, ellos instalaron en el suelo su familiar calefacción con una piedra y algunas astillas de cuaba: el perro y el marranito, a título de vaca muerta, se juntaron a los niños, completando la fraternal comunidad.

Amaneció para nosotros el más alegre de los amaneceres. Es tanta la esclavitud en que nos tienen los vicios de la sociedad moderna, que nos fue imposible soportar un sitio donde han sentado sus reales tantas hermosas virtudes. Una fuerza irresistible nos atraía desde Santiago: ¿Centro de recreo?, ¿esposa?, ¿hijos?; nada de eso, eran esos vicios tiranos del agua y del jabón. Dichosos los hombres de voluntad, que como los Cavas, se han emancipado de esa tiranía, recobrando la libertad que la Naturaleza ha dado a sus criaturas.

Con desusada premura hicimos las cargas, ensillamos y partimos. Qué contraste: en una ocasión fue la Humildad quien salió a escape de la casa viciosa de los Papas: en Rancho Ramón, fueron los Papas quienes abandonaron a grandes zancadas la casa honorable de los Cavas. Y nos preguntamos: ¿quién era el loco?, ¿quién estaba en lo cierto?, ¿quién era el honrado y bueno?: La Humildad o los Papas? Ante problema de solución difícil como éste, creemos fue pronunciada por Krishnamurti su frase lapidaria: QUE CADA CUAL CONSIGA LA FELICIDAD COMO PUEDA.

Hora y media después llegamos a Rancho al Medio, sitio encantador, hermoso remanso escogido por Don Manolito Tavárez para dejar en libertad nueve ejemplares de hermosos pajuiles.

Rancho al Medio es un pequeño valle que está a nivel del río bao, rodeado al oeste por la Loma del Oro o de Las Lagunas que dan estribaciones que también lo protegen por el sur; al este, las últimas estribaciones de la Sierra de Jamamú, El Mojoso, en cuya falda corre fresco el Bao. Para llegar a Rancho al Medio desde cualquiera dirección es preciso bajar lomas cuyo descenso nos toma cerca de hora y media.

Rancho al Medio es un vallecito muy angosto y un poco largo en el que se encuentra una sola casa y ni una sola persona. En esta residió, a juzgar por las apariencias del fundo, una persona pudiente que luego abandonó el lugar por causas que no conocemos. Como este señor no levantó actas de fundación ni escrituras notariales al instalarse, porque en esas regiones la tierra es del inocente que se atreva a ocuparlas sin que tenga que pedir cuentas a nadie, parece que hizo lo mismo al despedirse, dejando allí para admirarnos con una agradable sorpresa, una casa bien construida, con todas las dependencias de una buena casa de campo, los cercados intactos todavía, árboles frutales siempre paridos, y como grata añadidura, el río Bao corriendo en el patio. Encontramos abundantes naranjas, limones dulces y agrios, guayabas corrientes e injertadas, guanábanas y nísperos. Trepamos a estos árboles y nos dimos una buena llenura: quien nos hubiera visto comiendo frutas en las copas de estos frutales nos habría tomado por mitológicos chinchilines del período terciario, y hubiera traído la noticia a Santiago como rareza de la sierra: hoy, seríamos hermanos legendarios de las ciguapas.

Es regla, que todo caminante que pasa por Rancho al Medio encuentre frutas; se explica por la falta de vecinos y de transeúntes.

El sitio no tiene igual para aquellas personas que deseen pasar una temporada de descanso en el más encantador de los parajes. Esta casa, tal como está, puede ser usada por quien la quiera, sin que tengamos que rendir cuenta a nadie. Hasta ella podemos llegar en mulos que conducirán comida y objetos necesarios para la estada. La temperatura siempre fresca, la belleza de las lomas y pinares que la rodean, las frutas, el río Bao, el reposo y soledad del lugar, son motivos que harán agradabilísimas las vacaciones que allí se tomen.

Preguntamos por la suerte de los pajuiles que allí dejara en libertad Don Manolito. Nos dijo el viejo Juanico que murieron de hambre, faltos de yerba para alimentarse, pero no sin que antes sacaran: asegura que vio los pajuilitos flacos como sus padres, próximos a su fin. No dudamos de las palabras de Juanico; pero es raro que personas que viven cerca del lugar y cuyo aspecto anuncia que sus comidas no -son muy abundantes, no se las comieran. Cierto que esto hubiera sido verdadero crimen, pero quién teme cometer crímenes, si Dios en su infinita bondad los perdona, no importa que sean más altos que la Loma del Oro, a condición de que confesemos que estamos arrepentidos y recemos algunos padrenuestros con sus correspondientes avemarías?

Después de comer las variadas frutas de los conucos y admirar el río, partimos, llegando pocos minutos después al comienzo de la subida de Las Lagunas; esta subida nos tomó hora y media, pues llegamos a su cima a las diez y media (ya dijimos anteriormente que es la misma Loma del Oro). Sin parar vencimos esta loma e iniciamos su descenso llegando al arroyo Antonsape Malo, donde termina la Loma del Oro a las doce en punto: nos tomó, pues, hora y media su descenso.

Deshicimos el camino del día anterior, sin que nada extraordinario tengamos que referir.
(1944)